1 agosto 2013
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Andrés también ha trabajado con aves

Su trabajo es cuidar al felino más amenazado del planeta. Toda una responsabilidad. Lo hace en el Centro de Cría de Lince Ibérico situado en Zarza de Granadilla (Cáceres), uno de los cuatro que hay en la península junto a El Acebuche en Doñana, La Olivilla en Jaén y Silves en Portugal, a los que hay que añadir el Zoobotánico de Jerez como centro colaborador. Su nombre es Andrés López Piñar, un ubetense de 30 años de edad que desde hace dos años y medio trabaja como cuidador de linces en tierras extremeñas.

Su función es velar por los ejemplares que se crían en el centro, con los que se maneja a diario en las distancias cortas para conseguir que estén en las mejores condiciones. Aunque no sólo se encarga de temas como la alimentación, pues también es muy importante el correcto mantenimiento de las instalaciones en las que se encuentran los animales, que deben cumplir una serie de requisitos para que se parezcan lo máximo posible al hábitat natural del lince, claro está, con todos los condicionantes que supone tenerlo en cautividad. Unas instalaciones que llevan funcionando el mismo tiempo que Andrés viene trabajando en ellas y a las que solo tienen acceso cuidadores y veterinarios, pues es primordial que sus moradores estén tranquilos.

De esta forma, un día de trabajo del ubetense, dependiendo de si le toca turno de mañana, tarde o noche, incluye tareas como preparación de materiales, alimentación, mantenimiento de los bebederos o limpieza del recinto. Incluso algunas veces hay que reparar un vallado o plantar especies vegetales similares a las de los espacios abiertos en los que viven los linces en libertad.

Dado que el centro de Zarza de Granadilla es relativamente nuevo, la mayoría de los ejemplares que hay allí son jóvenes, de entre 3 y 4 años (un lince puede llegar a vivir 20 años). Entre ellos figuran 4 hembras que este año han tenido cachorros, en total una decena, destinados a la reintroducción en campo, aunque esas tareas ya corresponden a otro equipo de trabajo que estudia los lugares más viables para ello.

El momento más emotivo

Según cuenta Andrés, en su centro aún no han vivido la experiencia de soltar ejemplares, un momento que, tal y como les han transmitido otros compañeros, es el más emotivo y gratificante, ya que se toma verdadera conciencia de que todo el esfuerzo invertido ha merecido la pena, y más aún si después se hace un seguimiento al ejemplar en cuestión y se comprueba que se desarrolla bien y que incluso está criando. «Por ello es importante hacer mucho esfuerzo de cara a que las condiciones en cautividad les sirvan para luego romper la relación con el cuidador y desenvolverse por sus propios medios, aprendiendo a cazar y a vivir sin intervención humana», explica a IDEAL.

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El ubetense disfruta del contacto con la naturaleza

Espera sentir todo eso pronto, en cuanto se decida que pueden soltar algunos individuos. Y es que, como es el último centro de cría que se inauguró, no ha dado tiempo. «Este es el primer año que criamos cachorros para la introducción, pues el año pasado se quedaron como ejemplares reproductivos», añade. Esa es otra parte primordial del programa de conservación del lince ibérico, la reproducción, en la que todos los centros de la península colaboran haciendo estudios genéticos para ver qué cruces son más adecuados y qué líneas genéticas interesan más para el mantenimiento y crecimiento de la especie.

Según detalla, la reproducción se planifica para enero o febrero, que es la época de celo, intentando previamente socializar a los machos con las hembras ubicándolos en el mismo espacio una vez que se seleccionan genéticamente. Se produce de forma natural ya que «en el caso del lince ibérico no ha habido que recurrir a la reproducción asistida».

Cara a cara con un lince 

¿Pero cómo es el trato directo con un lince? «Hay que tomar ciertas precauciones y tener cuidado con los colmillos y las garras aunque, a diferencia de lo que mucha gente cree, son animales que raramente atacan si no se les acorrala o se les pone nerviosos, y sólo son un peligro si se induce a una situación en la que tengan que defenderse». No obstante, el cuidador aclara que el contacto cara a cara con el animal es el menor posible, aunque asegura que el trabajo es duro por todo lo que implica de mantenimiento y porque «los animales no entienden de vacaciones ni de días libres».

A pesar de ello, dice estar disfrutando en este trabajo y que sigue aprendiendo mucho, por lo que, de momento, a corto plazo, su intención es seguir allí, máxime cuando además trabaja con su pareja, con la que comparte su pasión por la naturaleza y los animales. Disfrutan de ello en el ámbito laboral y en el tiempo libre.

Lo suyo es totalmente vocacional, y se nota que le apasiona lo que hace con sólo escuchar cómo lo cuenta. A esto hay que añadir la carga de responsabilidad que supone contribuir al mantenimiento de una especie «que solo se da en la península y que es muy considerada a nivel mundial». «Los ojos de todo el planeta están puestos en que lo conservemos», añade.

Para Andrés, se trata de una especie apasionante que le impresiona por «su saber estar, su elegancia, su presencia… es un animal que se siente seguro de sí mismo, que sabe que tiene las de ganar, con una extraordinaria capacidad de camuflaje y que destaca por su visión y oído».

Andrés asegura que gracias a centros como el de Cáceres, Doñana, Jaén, Portugal y Jerez, y a las administraciones implicadas en su mantenimiento, se ha evolucionado bastante y la situación del lince ibérico es menos crítica, aunque queda mucho por hacer. «A finales de los 90 estaba fatal, pero en la primera década de 2000 se consiguió empezar a registrar mejorías gracias a que las administraciones se coordinaron bien», afirma, recordando que la población en Sierra Morena es la más sólida seguida de la de Doñana. Dos núcleos que, según opina, «sería genial que se pudieran unir a través de corredores naturales».

Atropellos y conejos

Cuenta que el principal problema del lince es la falta de conejo en el campo, algo que también afecta a otras especies como, por ejemplo, el águila imperial. Además es «preocupante» el problema de los atropellos, algo que cree que se debería de controlar con pasos elevados o limitaciones de velocidad en ciertos lugares. A pesar de todo, «actualmente la tasa de mortalidad es bastante baja».

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Las salidas al campo son habituales en la vida de Andrés.

Las salidas al campo son habituales en la vida de Andrés.«Los beneficios que suponen estas especies están por encima de los pequeños perjuicios que se puedan producir», asegura, opinando a su vez que «somos muy alarmistas» porque se le da demasiada importancia a hechos puntuales como ataques a otros animales en corrales y demás.

Desde pequeño

Andrés López se recuerda siempre interesado por la naturaleza y cree que fue muy importante contar con la suerte de tener el campo muy cerca en el entorno de Úbeda, así como grandes parajes en los alrededores, como las sierras de la provincia de Jaén. Desde pequeño eran habituales las salidas al campo de su familia, la cual le inculcó valores de respeto al medio ambiente. En su época de estudiante en el instituto sentía predilección por la Biología, carrera que terminó cursando en la Universidad de Granada, provincia también dotada de importantes espacios naturales que aprovechó para conocer.

Terminados sus estudios, y tras hacer unas prácticas en el museo del Parque de las Ciencias de la capital granadina, le ofrecieron un contrato en este mismo lugar que aceptó sin pensárselo dos veces. Allí estuvo 5 años, los últimos de ellos trabajando con los animales del museo, donde hay acuarios, mariposario y una colección de aves rapaces. Con esa experiencia y los conocimientos adquiridos le surgió la oportunidad de ir al centro del lince en Cáceres. Había 5 plazas convocadas desde el Ministerio de Medio Ambiente, y él fue uno de los seleccionados.

No dudó en pedir una excedencia en el museo del Parque de las Ciencias ya que después de trabajar con fauna en cautividad y con un enfoque hacia la divulgación y sensibilización de la gente, entendió que era una gran oportunidad participar en un proyecto más complejo y con fauna salvaje, y además con una especie en peligro de extinción cuyo mantenimiento también ayuda a conservar otras especies asociadas.

Vía: ubeda.ideal.es

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