La dependencia de esta especie del bosque que habita es absoluta. En él encuentra la base de su dieta, el conejo, y la cobertura vegetal que le proporciona la seguridad para su descanso diurno y la posibilidad de resguardar a sus crías. Durante siglos, el lince ibérico habitó las zonas boscosas del centro y suroeste peninsular, compartiendo con el hombre el mismo territorio de caza. Su caza llegó a estar recompensada, no en vano, hasta hace poco más de treinta años estaba incluida en la lista de especies dañinas para la caza menor. En los años sesenta su hábitat ya se reducía tan sólo al suroeste de la Península, con una superficie aproximada de unos sesenta mil kilómetros cuadrados. En la década de los ochenta los 1000 individuos existentes se repartían por un área cinco veces mayor, que apenas llegaba a los 12000 kilómetros cuadrados. El hábitat hoy en día se reduce a una pequeña isla de Andalucía y su presencia no es segura en reductos de Portugal y Extremadura aunque sí son seguros los avistamientos en Castilla La Mancha. Desde la primera alerta dada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza en 1986, la gravedad de las alarmas no ha dejado de crecer, hasta que en 2002 se declaró al lince como una especia en “peligro crítico” de extinción. Se confía en que la cría en cautividad pueda proporcionar en unos pocos años la suficiente abundancia de ejemplares que permita ir repoblando algunas zonas propicias.

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